“Tienes una presión arterial de muchacho”


Cuando Manuel llegó a la clase de la Quinta colorada, la diabetes había trastornado su vida.  Su nivel de azúcar era peligrosamente alto, había adelgazado extremadamente, y estaba a punto de convertirse en dependiente de inyecciones de insulina… pero lo peor es que ya no encontraba razones para vivir. Entonces conoció el kundalini yoga…1

 

“Por el mes de marzo del año 2011, mi azúcar estaba sobre los 460, situación a la que ya me había acostumbrado o, mejor dicho, ya había aceptado; aun cuando estaba consciente de que esta condición afectaba tanto mi estado físico como mi estado emocional. Mi peso normal, cinco o seis meses antes del mes de marzo, era de 69 kilogramos. Lo que indicaba que había perdido 14 kilogramos, es decir, estaba pesando solamente ¡55 kilogramos! Varias personas que me conocían hacían comentarios, preocupados por mi peso y mi figura, que de plano daba pena. Otros, a mis espaldas, hacían comentarios negativos. En mi interior esos comentarios me hacían sentir triste: mi ego estaba por el piso.

 

 

Recuerdo que todas las noches interrumpía mi sueño dos o tres veces, pues tenía la necesidad de orinar, y estas interrupciones provocaban que no tuviera un descanso  reparador. Al trabajar me sentía agotado, o cuando conversaba con algún cliente empezaba a bostezar o sentía ganas de ir a orinar y, obviamente, esta situación no permitía que las personas   tuvieran confianza en mi trabajo.

 También mi familia y amistades estaban preocupados, ya que veían cómo mi ánimo, mis  ganas de vivir y mi salud se iban deteriorando, pues era evidente mi cansancio. Lo único de lo que tenía ganas era de dormir, aun cuando tuviera la necesidad de trabajar. Uno de mis hijos (tengo dos) estaba preocupado, ya que veía cómo mi salud se deterioraba. En lo  personal, cuando lo veía, trataba de darme ánimos a mí mismo para que él no se preocupara, pero su mirada inquisidora y triste delataba su inquietud por mi salud. Personalmente, como ya lo comenté, había adelgazado mucho; además no tenía ganas de  arreglarme y lucía muy avejentado. Tampoco podía controlar mi esfínter, por lo que mis  pantalones a veces olían a orines.

La enfermedad me obligaba a estar comiendo todo el tiempo y aun así seguía estando  delgado. Por esos tiempos regalé gran parte de mi ropa, pues me quedaba demasiado floja. Al ponérmela, se veía bastante holgada, así que tuve que comprar ropa nueva. También hubo ocasiones en las que perdí el sentido de la distancia y, obviamente, me caía tras tropezar, como consecuencia de no poder calcular mis pasos. Recuerdo que una de esas ocasiones fue al atravesar la avenida de los Insurgentes.

Como consecuencia de tener el azúcar alto, empecé con otra problemática llamada neuropatía. Ésta consiste en que tanto los brazos, manos, piernas y pies comienzan a acalambrarse, pues las terminales nerviosas desarrollan una capa que evita que cuando éstas se juntan, hagan una especie de corto circuito. En mi caso, esa capa ya había desaparecido, por lo que sufría de bastantes calambres.

 

 

Por otra parte, como siempre tenía la necesidad de orinar, esto provocaba que me deshidratara, y como consecuencia mi piel se empezó a resecar. Obviamente, esto me causaba bastante comezón y hacía que me rascara, al punto que a veces llegué a sangrar, pues la comezón me desesperaba. Las heridas por entonces tardaban bastante tiempo en sanar.

En ese tiempo me fui a vivir con mi hermana, ya que ella tenía el tiempo y el amor para ayudarme. El tiempo pasaba y yo me sentía desesperado por no poder hacer una vida normal. Así se fue tejiendo un círculo vicioso del que no podía salir, pues la enfermedad me estaba venciendo. Por entonces comencé a perder el ánimo de vivir y empecé a despedirme de algunas personas que para mí tenían un valor importante, pues sentía que mi vida terminaba. En los momentos en que estaba solo me preguntaba a mí mismo: ¿por qué me pasó esto a mí, si toda mi vida hice ejercicio, si no tomé, no fumé, no me desvelaba? ¿Por qué a mí?

En ese tiempo ya no tenía dinero, así que tampoco podía llevar una nutrición adecuada ni tampoco comprar medicamentos, vitaminas ni hacerme un análisis. Bien, como todo buen Tauro, empecé a buscar alternativas para recuperar mi salud. Era importante que tuvieran las tres bes: buena, bonita y barata. Tuve la fortuna de enterarme de que la hija de una persona a donde a veces iba a comer practicaba Yoga. Esta persona me informó que daban clases de Kundalini Yoga en la Glorieta de la Palma los domingos, así que empecé a tomar clases en ese lugar (que por cierto, es la hija del maestro Jai Hari Sing: Prabhu Atma Kaur). Seguí buscando información de otros lugares donde pudiera asistir a tomar clases, pues me parecía que era poco el tiempo que le dedicaba y por lo tanto también eran pocos los resultados en mi cuerpo, ya que para entonces había comenzado a ver los beneficios en mí. Tomé la decisión de asistir a otros lugares para tomar las clases de  Kundalini Yoga. En ésas andaba cuando me enteré de la existencia de la Quinta Colorada. Esto fue más o menos por el mes de julio de 2011. Les comentO que cuando llegué a este  lugar, traía 470 de azúcar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mis condiciones al llegar a la Quinta Colorada fueron las siguientes:

– Con el nivel de azúcar de 470.
– Tomaba en total nueve pastillas, entre Competact, Zactos y Metformina; además del Diabión, como vitamina, para complementar mi nutrición.
– Con todos los malestares mencionados en los párrafos anteriores.
– Tenía un promedio mensual de gastos de $ 2,500.00, entre medicina, vitaminas y análisis.
– Con la amenaza de inyectarme insulina, pues ya no había otra opción para disminuir el nivel de azúcar.

– Con el riesgo de que mis riñones ya estuvieran afectados debido a la diabetes.
– Mi presión arterial, afortunadamente, siempre la he tenido de un chavo, ya que fluctúa sobre los 100/70.

En verdad no era nada halagador mi panorama de vida. Pues bien, con este panorama empecé mis clases de Kundalini Yoga en la Quinta Colorada en el mes de julio de 2011. Entré con el propósito de hacer los ejercicios que el maestro pusiera al 100%, y si era posible daría más de ese 100% (a la fecha sigo con este propósito). Sabía que con esta actitud podía bajar mi azúcar. Empecé a obtener los siguientes resultados:

– En la primera semana bajé mi azúcar a 430.
– En la cuarta semana la bajé a 421.
– En el en el mes de agosto ya estaba sobre los 360.

Por esas fechas empecé a caminar los lunes y jueves aproximadamente 5 kilómetros. Comencé a tomar conciencia de que antes que cualquier otra actividad, estaba primero la atención a mi enfermedad. Debo hacer notar que el doctor me aconsejaba bajar el ritmo de Kundalini Yoga y las caminatas, porque me comentaba que podía darme una hipoglucemia. Pero cuando el doctor checaba mi presión arterial se asombraba. Siempre me comentaba: “Tienes una presión arterial de muchacho, pero no te confíes, debes de bajar tu ritmo de ejercicio”. En el mes de septiembre ya estaba sobre los 322. Para octubre subió a 348. En noviembre volvió a bajar a los 308. En el mes de diciembre subió a 345. Claro, era época de fiestas. Por esas fechas, el doctor dio instrucciones a la enfermera de que me enseñara a usar la jeringa para inyectarme la insulina. Nuevamente me sentí apesadumbrado y se lo comenté al maestro. Al igual que yo, vio que se podía prescindir de la insulina.

 

 

En el mes de enero de 2012 mi azúcar bajó a 236. El doctor me preguntó si ya me estaba inyectando la insulina. Le mentí diciéndole que sí. Entonces su comentario fue que “ya era necesaria la insulina”. Me volvió a preguntar si ya le había bajado al nivel de ejercicio y le comenté que no, que incluso lo había subido a 10 kilómetros los lunes y jueves. Su respuesta fue que yo seguía estando propenso a que me diera una hipoglucemia. Acto seguido, me tomaba la presión y terminaba diciéndome: “Tiene una presión arterial de muchacho”.

En el mes de febrero mi azúcar estaba sobre 185. Entonces mi objetivo fue: en lugar de tomar tres pastillas tomaría dos y debería bajar el azúcar a menos de 100.

En el mes de marzo mi objetivo fue tomar solamente 1 pastilla y dejar las vitaminas. Por entonces empecé a ir a la farmacia Benavides a consultar al doctor de ahí, pues me cobra $30.00 por consulta y me permite ir verificando paralelamente mi mejoría.

En abril, logré bajar el azúcar y el doctor me mandó hacer nuevos análisis. Estos son los resultados:
– El azúcar a 131
– Riñón: excelente estado, no sufrió ningún daño aún, a pesar de cuando tuve el azúcar muy alta.
– Peso: 61 kilogramos. Excedido por 2 kilogramos.
– Presión arterial: 120/80

La persona que quiera verificar estos datos, le pongo a su disposición los resultados de los análisis. Actualmente, sólo tomo una pastilla para la diabetes, aunque a veces se me olvida tomarla. Ya no tomo vitaminas para diabético. En su lugar, sólo tomo una pastilla de vitamina B para el estrés. Ahora sonrío y veo muchas cosas positivas a la vida. Ya no corro ni camino, solamente voy a la Quinta Colorada. En lo personal, cuando el Maestro hace comentarios sobre actitudes en la vida, sin lugar a dudas el más receptivo a sus comentarios soy YO.

Actualmente, sólo tomo clases de Kundalini Yoga en la Quinta Colorada, los miércoles, sábados y domingos. Los otros días practico los ejercicios que nos recomienda el Maestro.

 

CONCLUSIÓN:

¡SOY UN TRIUNFADOR! DIOS (SE QUE HAY UN DIOS) ME PUSO ESTA PRUEBA Y SÉ QUE FUE POR MI BIEN, PUES TUVE QUE HACER CAMBIOS EN MI ESTILO DE VIDA.”

Manuel Uribe García


 
 

  1. El kundalini yoga no sustituye los tratamientos médicos. Este testimonio da cuenta de la vivencia de Manuel, quien asumió los riesgos que implica hacer a un lado o disminuir ciertos medicamentos.